Dos dictaduras sucesivas marcaron durante siglo pasado la historia de la República Dominicana, dejando un saldo de casi 60.000 víctimas. Un silencio de plomo pesaba hasta hace muy poco sobre ese pasado. Hoy día, los archivos testimonian esas persecuciones, desapariciones, torturas y asesinatos pues están inscritos en el Registro Memoria del Mundo.
El verdugo mata siempre dos veces, la segunda por medio del olvido. La afirmación de Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz 1986, se aplica perfectamente a la República Dominicana. Este país, que comparte una isla del Caribe con Haití, conoció entre 1930 y 1961 una dictadura feroz a la que siguió otra hasta 1996. La primera fue la del general Rafael Leónidas Trujillo Molina. Los historiadores dominicanos afirman que bajo su régimen unas 50.000 personas fueron torturadas, asesinadas o desaparecieron. Estos hechos no han sido desmentidos y sin embargo, hace apenas cinco años que se emprendió una empresa de amplia recolección de documentos y testimonios sobre esos años de plomo. Hay que tener en cuenta que hasta hace diez años, la palabra “dictadura” estaba aún prohibida en el vocabulario de los dominicanos. “El pueblo dominicano está en camino de redescubrir su memoria”, afirma Luisa De Peña Díaz. La directora del Museo de la Resistencia de Santo Domingo cree que para “hacer las paces con el pasado” hay que continuar investigando los crímenes del periodo Trujillo, inventariar los muertos, identificar a todos los desaparecidos, repertoriar las formas de tortura. El museo prosigue ese trabajo de memoria porque incluso en la actualidad muchos casos todavía no fueron dilucidados. Los sobrevivientes participan de buen grado en la tarea, a condición de que se les deje expresarse. Hasta fines de los años 1990, el país parecía sordo a sus relatos y su único auditorio se reducía al círculo familiar. Los allegados a las víctimas celebraban las fechas que conmemoraban los ataques al régimen, como el del 14 de junio de 1960 proveniente de Cuba, y cuyos protagonistas, hasta el último, fueron diezmados. También depositaban una flor en las tumbas de las tres hermanas Mirabal para recordar su asesinato, perpetrado el 25 de noviembre de 1960. Las tres hermanas, militantes de los derechos humanos, fueron asesinadas juntas cuando visitaban a sus maridos encarcelados. Recién mucho después ese crimen fue reconocido a escala mundial. El 17 de diciembre de 1999, la Asamblea General de la ONU decidió en su resolución 54/134, proclamar el 25 de noviembre como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Durante esos años los sobrevivientes y sus allegados cultivaron en una semiclandestinidad la memoria de la resistencia al régimen. Para extender su acción más allá del círculo familiar, al tiempo que soslayaban el riesgo de a su vez ser perseguidos, crearon fundaciones que llevaban en su mayoría el nombre de las victimas. La primera fue la Fundación de las viudas, madres, hermanas, tías y primas. Cuando las familias eran perseguidas, transportaban los documentos que les quedaban de los suyos de casa en casa, como si fueran reliquias sagradas. Esos documentos eran no sólo pruebas de las ignominias del régimen, sino que también testimoniaban que alguna vez había existido un marido, un hermano o un hijo.
Balaguer o la continuidad del régimen Trujillo

El asesinato de Trujillo, en 1961, no puso por tanto punto final a su sistema. Su sucesor no fue otro que Joaquín Balaguer, ex ministro y embajador que pasó 35 años a la vera del dictador. Se comprometió a emprender una transición democrática, pero en realidad, su régimen solo será algo más “presentable”. Si las primeras elecciones libres lo apartaron del poder en 1962, regresó tras un golpe de Estado y nuevas elecciones en 1965, por largo tiempo. Doce años de una “segunda dictadura, esta vez con visos de legalidad”, estima Luisa de Peña. Balaguer utilizó respecto de sus opositores los mismos métodos que su mentor: la tortura y el homicidio. Sólo que el número de víctimas fue menor: el Museo de la Resistencia cifra en 7.000 los muertos bajo Balaguer, frente a los 50.000 de la época de Trujillo, entre ellos los 17.000 haitianos masacrados en 1937. Balaguer no cede su sillón presidencial sino en 1978, pero lo retoma entre 1986 y 1996, cuando renuncia para poner término a la controversia surgida por las condiciones de su reelección en 1994. Se representa a las elecciones del 2000, a los 94 años. En la primera vuelta obtiene el tercer lugar con el 24% de los votos. Muere de un ataque al corazón en 2002. Figura emblemática de los últimos cuarenta años del siglo XX, tuvo un peso enorme en la sociedad dominicana. Hasta 1978, Balaguer pudo aplicar el sello “secreto de defensa” sobre los archivos del régimen de Trujillo. Fue sólo durante su primer alejamiento del poder que se hizo accesible el patrimonio documental que atestigua la persecución masiva y sistemática, las detenciones ilegales, las desapariciones, los exterminios raciales, la creación de centros de tortura, los homicidios comanditados por la dictadura de Trujillo. Los archivos del Procurador Fiscal de la República rubrican esta aterradora represión llevada a cabo desde el aparato estatal. También quedaron pruebas de los crímenes cometidos fuera de las fronteras dominicanas: tentativa de asesinato del presidente venezolano Rómulo Betancourt en 1960; secuestro y desaparición en Nueva York del vasco Jesús de Galíndez; asesinato del escritor español José Almoina.
El desafío actual

Retardado por esta sucesión de dictaduras, el trabajo de memoria no fue entablado sino por el gobierno actual. Tal voluntarismo político se explica por su origen; el partido mayoritario, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), fue creado por Juan Emilio Bosch y Gaviño (1909-2001), el hombre que ganó las primeras elecciones libres organizadas en 1962, antes de ser derrocado meses más tarde por el ejército en provecho de Balaguer. Juan Bosch fue un opositor de Trujillo de la primer hora. Acusado de liderar varias expediciones para acabar con el régimen, tuvo que exilarse en Cuba desde 1937. Fue necesario esperar a 2007, para que su heredero político, el actual presidente de la República, Leonel Antonio Fernández Reyna, proveniente de las filas del PLD, inicie el proceso de recuperación de la memoria sobre todo a partir de su segundo mandato (el primero fue de 1996 a 2000, el segundo de 2004 a 2008 y fue reelecto para un tercero de 2008 a 2012). Luisa de Peña Díaz aplaude el voluntarismo político, pues estima que “la gente siempre mantuvo vivo el recuerdo pero mientras no existió política oficial para alentarlo no podían prosperar acciones inherentes a ello”. Tales acciones conciernen sobre todo a la educación y la comunicación. Estas son las principales misiones del Museo de la Resistencia creado por decreto en 2007, en tanto instrumento destinado a “ayudar al pueblo dominicano a reencontrar y expresar su memoria abiertamente”. Unos 150.000 objetos o documentos fueron reunidos testimoniando el funcionamiento de la dictadura pero también la lucha de los dominicanos por la libertad y la democracia de su país. El desafío actual consiste en ponerlos a disposición de los ciudadanos, para establecer los fundamentos de una sociedad en la que ningún dictador pueda tener jamás un cómplice. La inscripción en el Registro Memoria del Mundo del “Patrimonio documental relativo a la resistencia y a lucha por los Derechos Humanos en la República Dominicana, 1930-1961”, se inscribe en dicha lógica. Gabrielle Lorne, periodista en RFO-A.I.TV.
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Foto 2 © Museo de la Resistencia de Santo Domingo Velatorio. Foto 3 © Memorial Museum of Dominican Resistance Archivo en el Museo de la Resistencia de Santo Domingo.
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